Democracia como forma de vida

La permanencia del orden republicano no es una gratuidad histórica. Tampoco es consecuencia de una declaración formal, de una vivencia aparencial de principios. Por el contrario, es fruto de una aceptación honda y sincera de los principios de la democracia constitucional por parte de todos los componentes sociales, pero especialmente de aquellos en quienes recae la responsabilidad directa de crear las condiciones existenciales de la vida republicana. Son principios que nada tienen que ver con la ideología ni con la voluntad autocrática de poder. O dicho de otro modo: son principios que sólo pueden subsistir si la ideología se ahoga en la verdad y la voluntad autocrática de poder en la razón.







Juan Germán Roscio

Juan Germán Roscio

Reivindicar la historia

Debemos hacer resonar las campanas de la historia para recordarnos que alguna vez (1958-1998) el pueblo de Venezuela existió como una República civil, en la cual la justicia, la razón y la amistad cívica fueron los pilares de nuestra convivencia pacífica.

Firma del Pacto de Puntofijo (Caracas, 31 de octubre de 1958)

sábado, 17 de abril de 2010

Discurso pronunciado por Rómulo Betancourt al regresar al país, una vez derrocada la dictadura de Pérez Jiménez // 9 de febrero de 1958

Conciudadanos, Miembros de la Junta Patriótica, Compañeros y Compañeras de Partido:

Domino mi emoción para este reencuentro. Regreso a trabajar con mi Partido y con el pueblo para ayudar a establecer definitivamente en Venezuela el régimen democrático y representativo, para que ya no suframos otra vez la vergüenza y la humillación colectiva de los diez años del oprobio, esos que desaparecieron en la madrugada gloriosa del 23 de enero.

Fue esta lucha final la culminación de un proceso de resistencia a la opresión que se inició el propio 25 de noviembre de 1948. Hombres de todos los partidos políticos y sin militancia en ellos, demostraron en las cárceles, en los campos de concentración de Guasina y Sacupana y en el exilio, que en este país estaba viva la pasión por la libertad, y que llegado el momento el pueblo venezolano se uniría, como se unió, para realizar esa gloriosa epopeya de la reconquista de la libertad.

Decía que cuando se produjo la insurrección popular del 21 al 23 de enero, ya había sido precedida por la rebelión de Maracay del 10 de enero, y era perfectamente previsible que en el momento decisivo del gran choque entre la dictadura superarmada y el pueblo, los sectores institucionalistas de las Fuerzas Armadas le darían la espalda al tirano para tenderle la mano al pueblo. No es ésta una apreciación a posterior. Por el conocimiento directo que tuve de la oficialidad de las distintas armas durante la época en que ejercí la Presidencia de la República, adquirí la convicción de que en mis compatriotas de uniforme había reservas de patriotismo, de verdadero espíritu institucional; y esta afirmación la hago porque el peor de los errores –crimen más que error– sería adoptar actitudes que contribuyan a alimentar la prédica que durante diez años se hizo en los cuarteles, de que había un abismo insalvable entre la Venezuela que viste uniforme y los seis millones de compatriotas que visten de civil.

Estas cuestiones fueron objeto de discusión y análisis, como los otros temas de la problemática nacional, en los diálogos realizados con Rafael Caldera y Jóvito Villalba, esas dos grandes figuras de la democracia nacional, exiliados como yo en la ciudad de Nueva York. Y cuando llegó a esa ciudad el General López Contreras, durante muchas horas discutimos con él, y también encontramos en el ex Presidente un hombre fundamentalmente interesado en que en este país se asiente la democracia definitivamente.

Y no vacilo en decir que si una muerte prematura no lo hubiera arrebatado del mundo de los vivos, con el ex Presidente Medina Angarita hubiéramos podido discutir sobre los problemas de Venezuela, con ánimo sincero de buscarles soluciones razonables.

Es que nos hemos convencido todos de que el canibalismo político, la encendida pugnacidad de la lucha política, le barre el camino a la barbarie para que irrumpa y se apodere de la República.

Al expresarme así no estoy definiendo una actitud de carácter personal. Estoy ratificando una línea de partido, del Partido Acción Democrática, adelantada en su primer manifiesto a la Nación.

Dejamos en la dura lucha muchos compañeros, inolvidables, caídos en las calles, en las cárceles, en el exilio, en las cámaras de torturas, en los campos de concentración. Permítanme, compatriotas, que no los recuerde por sus nombres, porque la voz se me quebraría de dolor. Pero es en nombre de esos que cayeron en el frente de batalla de la dignidad nacional, y en nombre de nuestra propia responsabilidad, que afirmo enfáticamente que no regresamos a la vida pública con ansias de venganza; que no regresamos a la lucha política legal — porque en ningún momento desapareció la terca y obstinada lucha clandestina de la resistencia — con impaciencias ni apetitos de gobierno. Estamos interesados fundamentalmente en una tregua política, en que los partidos ni siquiera saquen sus multitudes a las calles, sino que realicen dentro de sus locales cerrados sus tareas de organización, y que cuando pueda comenzar un debate público, que se eliminen definitivamente el odio, el insulto y la procacidad. Discusión de altura, como hubiera dicho nuestro inolvidable Andrés Eloy.

Frente al régimen establecido en el país, nuestra posición ha sido definida dentro del vasto bloque de corrientes de opinión integradas en las filas de la Junta Patriótica, recientemente ampliada. Aquí ratificamos que le estamos dando desde la calle un apoyo real a la Junta de Gobierno. Y le pedimos al pueblo de Venezuela que adopte una actitud de vigilante defensa de los valores esenciales de la vida democrática, pero una actitud sin impaciencias. No olvidemos que el régimen derrocado, de cuyo titular no quiero acordarme y menos nombrarlo aquí, que ese régimen de los prófugos. dejó a este país con hondas lesiones en su vida institucional, en su vida política y en su vida económica, en su moral pública y hasta en su moral privada; que Venezuela en estos momentos es como un convaleciente que acaba de atravesar una crisis, y es deber de todos los venezolanos, mucho más de los partidos políticos, deber particularmente acuciante en hombres como yo, que he tenido el honor y la responsabilidad de gobernar a este país, el de sumar todas nuestras fuerzas para ayudar a la Junta de Gobierno a que haga frente a los muchos problemas que dejó, como mala herencia, el régimen derrocado.

Considero que debemos encarar una cuestión previa en este país: la de hacer un examen de conciencia sobre lo que en definitiva somos. Una propaganda sistemática y nacida de la megalomanía del dictador pretendió presentarnos no sólo como el primer país de América Latina, sino como uno de los primeros del mundo en lo relativo a bienestar social, a prosperidad económica y a desarrollo de la producción. Eso es falso,

Nuestro país ha crecido en una forma distorsionada. Tenemos una hermosa capital, ciudad-vitrina comparable a un pumpá de siete reflejos para un hombre que tuviera los pies descalzos. Porque la Venezuela de los Andes, de Oriente, de los Llanos, es la misma Venezuela atrasada, y la misma Venezuela paupérrima que existía antes.

Porque es bien sabido que hay dos Venezuelas: la de Caracas y el Litoral y de algunas zonas del centro del país; la Caracas del "5 y 6" y los edificios de 35 pisos. Y la otra, en la que el hambre es una danza patética, donde la mitad de la población escolar no puede concurrir a las escuelas, donde hay setecientos mil niños condenados a engrosar esa enorme legión de los analfabetas, que son sesenta de cada cien de los venezolanos. Es la Venezuela que ocupa el séptimo lugar entre los países de América Latina como consumidor de carnes. La Venezuela que consume menos zapatos que Chile, nación agobiada por la pobreza económica. Es la Venezuela que hay que incorporar a la producción y al consumo, y esto puede y debe hacerse sin necesidad de violencias, porque el país dispone de riquezas que bien administradas y racionalmente invertidas permitirían abolir la vergüenza de la extrema pobreza.

A este respecto debo manifestar la satisfacción con que he visto que las Cámaras de Producción y el Movimiento Sindical Unificado han iniciado conversaciones de mesa redonda para posibilitar reajustes en las relaciones obrero-patronales por la vía pacífica del entendimiento entre las partes, evitándose así una innecesaria y contraproducente ola de huelgas. Habrá pues, una tregua en el campo obrero como en el campo político.

Estos problemas de Venezuela se aprecian en dos zonas: los de índole político-administrativa, y los económicos y sociales. Los de índole político-administrativa se están ya afrontando en un sentido positivo: hay libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de organización, y ya sobre las gentes del país no gravita la pesadilla de los espías de la Seguridad Nacional.

Se ha iniciado el proceso de rescate de la moral administrativa, y las medidas adoptadas ayer al iniciar el Gobierno actual la aplicación de la Ley de Enriquecimiento ilícito de Funcionarios Públicos, nos hacen prever esperanzados que no quedará impune el literal saqueó de los bienes de la Nación, realizado por "Alí Babá y los cuarenta ladrones".

Los problemas económicos y sociales son más de fondo, y si en algo puede servir mi modesta experiencia de hombre público, que ha pasado entre otras pruebas, por la de presidir un gobierno colegiado, quisiera opinar que ha llegado el momento de que los problemas de Venezuela, sean estudiados y analizados por un equipo de personas de todas las ideologías políticas, asesoradas por técnicos capaces, por economistas, por sociólogos, por ingenieros, etc., y que ese equipo elabore un plan escalonado para muchos años de las obras, jerarquizándolas por su necesidad; en fin, planificar a fin de forjar una Venezuela para siempre, y no una Venezuela transitoria, asentada sobre la movediza arena de una sustancia que se agota: el petróleo.

Ahora, conciudadanos, miembros de la Junta Patriótica, compañeros de Partido, voy a trasladarme con mi esposa, la que ha sido compañera abnegada, valerosa, en mis años de lucha... voy a trasladarme con ella al cementerio, y allí, a la vera de las tumbas de nuestros muertos inolvidables, elevaré mi espíritu para que nada tuerza mi decisión de ser dentro de Acción Democrática, y dentro de Venezuela, un hombre sin apetencias personales, sin ambiciones de Poder. Un hombre que en estos diez años de exilio luchó con más ardor que nunca, y no guiado por el odio hacia un hombre y su sistema, sino por la honda vergüenza de que a una patria de libertadores la humillaran, oprimieran y deshonraran.

Y les aseguro, compatriotas, con esa sinceridad que me conoce el pueblo (porque cuando he estado en la calle como cuando he estado en Miraflores he hablado con el mismo lenguaje claro, directo y franco), les aseguro que el 24 de enero, si no hubiera pensado en que tenía que cumplir un deber con mi país para ayudarlo a salir de su convalecencia –uno más entre los hombres de Venezuela empeñado en esta tarea–, me habría ido a Chicago a disfrutar la euforia del abuelo con el nieto que me regaló la vida.

Concluyo, compatriotas: hay momentos estelares en la vida de los pueblos. Grandes horas en el devenir de las naciones, Instantes en que un país realiza una cita con su propio destino. Uno de esos momentos cargados de posibilidades creadoras, similar al del año de 1810, lo está viviendo la Venezuela de hoy.

Que gobernantes y gobernados, hombres y mujeres de todas las clases sociales y de todas las ideologías políticas, cumplamos cabalmente con nuestro deber hacia la patria entrañablemente amada, para que esta magnífica oportunidad no se le frustre.

1 comentario:

  1. Constituye un extraordinario discurso que invita a la paz y la comprensión política del momento histórico y que guarda una rara relación con el presente, siglo 21 Venezolano.

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